1. El siglo XX y las esperanzas frustradas.
Esperanzas y frustraciones
El siglo XX ha sido el que mayores esperanzas de fraternidad ha generado, pero también el de mayores frustraciones: ha sido el siglo del comienzo del estado del bienestar resultado de las luchas obreras, trajo la libertad a las antiguas colonias, la conciencia –por lo menos la conciencia!- que los derechos humanos deben ser extensibles a todos, la creación de unas instituciones y un nuevo orden jurídico para garantizar la paz a través del diálogo, el ejercicio de la libertad individual y el respeto a la conciencia, los enormes avances en tecnología que cambiaron e hicieron pequeño el mundo y un largo etcétera que pudo dar en determinados momentos la impresión que antiguas utopías eran posibles.
Sin embargo junto a los avances, la injusticia y la violencia en continuo incremento frustraron grandes esperanzas. Hemos cumplido el cuarenta aniversario de aquel 1968 en el que se aplastaron las utopías de una generación de jóvenes, y de manera emblemática, en el Primer Mundo capitalista (mayo en París), en el mundo socialista (invasión de Praga en agosto por las tropas del Pacto de Varsovia) y en el Tercer Mundo (matanza de universitarios en México-DF, en Tlatelolco, la Plaza de las Tres Culturas en octubre). Podría decirse que los tres fueron movimientos proféticos, pero los tres fueron abatidos. El sistema se impuso por la fuerza.
Escogeré dos temas-clave tanto en las expectativas creadas como en las esperanzas frustradas, la Justicia y la Paz, indisolubles y por otra parte fundamentales en el Reino futuro anunciado por Jesús.
Las cifras de la desigualdad
Ha sido en este siglo cuando más se han agudizado las injusticias (a principios de siglo la distancia entre la quinta parte más rica y la quinta parte más pobre de la humanidad era de 10 y a finales de siglo era de 82!). Las cifras de la injusticia, de hambre y muerte por hambre, de analfabetismo, del incremento de las enfermedades curables, del aumento de la deuda de los países pobres, del incremento asimismo de la corrupción y de los paraísos fiscales, etc. son de sobras conocidas. No sólo eso. En este comienzo de siglo vemos horrorizados cómo el criminal aumento de precios de los alimentos que dejará a millones de víctimas por el camino en contraste con las escandalosos beneficios de transnacionales y entidades financieras, cómo el sistema tiene mecanismos para enfrentar a pobres contra pobres, desde Sudáfrica a Nápoles o cómo venir como inmigrante a buscar trabajo en algunos países de la de Europa rica será considerado delito. Y la UE calla, como callaba hace años ante el avance del fascismo.
La violencia y la guerra
Ha sido asimismo el siglo más belicoso de la historia. Sólo doscientos años después de la proclamación ilustrada del dominio de la razón y del pronóstico kantiano de una paz cosmopolita, el siglo XX ha hecho verdadera la sentencia de Clausewitz según la cual la guerra es la continuación de la política con otros medios. Se calcula que casi 190 millones de personas han muerto de manera directa en conflictos armados. Además desde Guernica o Hiroshima la técnica de la guerra ha cambiado substancialmente. Antes moría “el que iba a la guerra” y hoy son los civiles y la muerte de civiles el objetivo primario de la acción militar: de cada 100 muertos en guerra 7 son soldados y 93 civiles, de los cuales 34 niños. Además de las dos grandes guerras mundiales, desde 1945 un trágico rosario de nombres han frustrado las esperanzas de un mundo en paz: Corea, Vietnam, Camboya, Lagos, Angola, Mozambique, Israel, Palestina, Líbano, Nicaragua, Salvador, Guatemala, Colombia, Ruanda, Burundi, Sierra Leona, Argelia, Eritrea, Libia, Etiopia, Bangla Desh, India, Croacia, Bosnia, Kosovo, Armenia, Pakistán, Chechenia, Afganistán, Irán, Irak…
Ha sido el siglo de la guerra continua, con la pasión de aplicar por la fuerza las nuevas “utopías” de salvación terrenal: la supremacía de la raza, la sociedad igualitaria, la abolición de la lucha de clases, la liberación nacional, la globalización del mercado, el reino democrático del sufragio universal. Millones de personas han sido sacrificadas en los altares de estos nuevos dioses profanos lanzados a la macabra empresa de matar a los que piensen o sientan diferente. Concluye el siglo con el recuerdo de Auschwitz, de los miles de muertos en campos de exterminio, de Hiroshima, de los Gulags, de las guerras globales, de Irak, de centenares de miles de muertos y centenares de conflictos regionales.
Conflictos identitatrios
Se proclama libertad de conciencia, pero se han incrementado los conflictos étnicos y religiosos. En nuestro mundo aparentemente laico ha estallado el volcán de unas nuevas pasiones religiosas con toda clase de fundamentalismos retrocediendo a la situación anterior a Westfalia (1648) cuando se creyó en el fin de las guerras de religión. El retorno de lo religioso ha supuesto a menudo el retorno a la intolerancia, al dogmatismo e integrismo, al fundamentalismo y fanatismo, al rigorismo moral y disciplinar, a la discriminación de sexos, a la práctica del terrorismo en el nombre de Dios.
Se construyen estereotipos para condenar mas fácilmente como “enemigos” todos aquellos que no queremos reconocer como hermanos por no pertenecer a la misma raza, color, lengua, religión, cultura. Así se explica la crueldad que, bajo el discurso de la seguridad nacional o de la preservación de intereses vitales, puede ser ejercida por unos seres humanos contra otros que, aun sabiéndose próximos, se aprende a verlos como enemigos por causa de la diferencia del color de la piel, de la lengua o del diferente nombre que dan al único Dios. Serbios, croatas y bosnios, hutus y tutsis, georgianos y azerbayanos, judíos y palestinos, ladinos y mayas, irlandeses católicos y protestantes, sudaneses cristianos e islámicos, turcos y kurdos, sunitas y chiítas, rusos y chechenos (la lista es interminable)… han sido conducidos hacia insondables abismos de odio. Nunca la humanidad, con todos sus avances técnicos, había sido tan despiadada y cruel.
La exclusión social cercana a nosotros, el pan nuestro de cada dia…
2. La historización de la teología y de la fe
¿Desde dónde comprendemos a Dios?
El Vaticano II significó un punto de inflexión de 180º de la historia de la espiritualidad y de la teología cristiana. La pregunta fundamental que pretende responder el Concilio fue ¿desde donde se hace teología? ¿de arriba abajo, deduciendo la esencia de Dios de los grandes principios filosóficos o de abajo arriba, leyendo la historia y la vida del pueblo? Es un problema epistemológico, ¿bajo qué prisma, con qué gafas leemos la historia? Y el Concilio invirtió la perspectiva desde la que se había hecho teología desde entonces. A Dios se le descubre desde abajo: se hace vida en la vida de sus hijos e hijas, y se hace amor en el amor de sus hijos e hijas, y sufrimiento, y esperanza. El cristianismo tiene más de estructura narrativa y mística que de estructura racional-deductiva. Por eso podemos hacer un discurso tan encarnado sobre Dios. De aquí la importancia de las vidas concretas y de la narración de la vida cotidiana en el cristianismo. Porque las vidas de sus hijos e hijas son la vida de Dios.
La Trinidad como Historia
El Dios que crea y que se retira.
La primera explosión, el big-bang, la energía, miles de millones de años, lo “oscuramente primordial”
El Dios que se encarna. La aparición del hombre libre y la aparición del Dios-hombre
Los mensajes fundamentales de Jesús:
padrenuestro y
la predilección por los pobres.
Las dos parábolas de la fraternidad,
el hijo pródigo y
el samaritano.
El Dios que va uniendo frente a la disgregación, la fuerza de la fraternidad surgida desde dentro de la historia.
El espíritu del Dios-vida y que da vida.
Si la trinidad es unidad por arriba, desde abajo, desde el origen y hasta el final, se construye la fraternidad. La confianza en el Dios Padre y el dejarse llevar por el corazón abre todos los caminos de la fraternidad.
Desde la óptica de los perdedores
El concilio ayudó a leer la historia desde abajo, desde la contrahistoria. No desde la óptica en que se ha hecho siempre, la de los personajes importantes o de los que ganan. La reflexión entre cristianos tiene que partir siempre de un dato de fe: pertenecemos al Señor, pero qué Señor tan peculiar!: un Señor condenado a muerte y ejecutado, que abandona toda condición divina para ser sirviente. El Dios de Jesús, es el Dios de la debilidad y del hombre condenado.
El pobre, lugar teológico
La inmensa masa de dolor en el mundo ya no es sólo objeto de compasión o de justicia. Es lugar teológico. El pobre es el sacramento -“señal”- de Dios. “Lo que hicisteis a uno de estos pequeños a mi me lo hicisteis” en la parábola de Mt.25 del juicio final. Y por consiguiente son también sacramento de Dios aquellos otros que han hecho suya la causa de los pobres. El contacto con los pobres, como si hubieran tocado directamente a Dios, los ha cambiado. Han experimentado que el contacto con los pobres es salvador “los pobres nos han evangelizado”, dicen con razón. Se convirtieron en “radicales”, tan radical como es el mismo Dios. Han experimentado que convertirse en portavoz de los pobres significa que desde los poderes políticos, culturales y eclesiásticos poco a poco iran perdiendo poder, credibilidad, honorabilidad y se les identificará como exagerados, antisistema, extraparlamentarios (¿acaso el mismo Jesús no fue un extraparlamentario, radical, exagerado, antisistema?). Cada vez contaran menos en las esferas sociales bienpensantes. Son también la inmensa masa anónima de los que no se han adaptado al lenguaje y a los hechos de lo considerado “políticamente correcto”, los militantes de las mil causas perdidas.
Por suerte, son muchos más de los que creemos, procedentes de todas las culturas, ideologías y confesiones, creyentes y no creyentes. Hacen crecer el Reino sin que ni ellos lo sepan, a escondidas y silenciosamente. No tienen agencias de publicidad ni medios de comunicación. En los campos de refugiados, entre los que luchan contra la ley de extranjería, en el movimiento antiglobalización reclamando un mundo más justo, los de cualquier partido que no se cansan de nadar contracorriente, de un sindicato luchando contra el corporativismo, los de la causa de la paz y que promueven el diálogo, y también, tantos y tantas, que viven con alegría su vida cotidiana, aquella madre, aquel vecino que ayuda al enfermo, el que comparte sueldo y piso con inmigrados, aquel conserje amable, aquel de la asociación de vecinos, aquel joven que se esfuerza, aquella pareja, aquella monja...
Hemos hecho poca teología del Reino y de cómo el Reino crece de manera misteriosa, incluso con aquéllos que dicen combatir la fe o son de otras religiones, no desde el poder sino desde la humildad, no según la cantidad de oraciones sino según lo que seamos capaces de compartir… por aquello de "benditos vosotros que me disteis de comer".
Pero si todos por igual, creyentes y no creyentes, hacen crecer el Reino, ¿de que nos sirve la Fe? ¿A qué nos impulsa? ¿De qué sirve de cara la transformación del mundo? ¿No habíamos identificado siempre Reino con creer? ¿Si la construcción del Reino se hace, también, desde la no fe, de qué sirve creer?
De qué sirve la Fe en la construcción del Reino.
La Fe no “sirve” de nada. Es demasiado importante, se trata de algo inefable que pertenece a la dimensión mística de la persona y que, como todo lo que consideramos importante no podemos explicarlo por la razón. Para muchos creyentes la Fe y el seguimiento a Jesús ha sido el motor de sus vidas, les ha impulsado al compromiso. Pero por el hecho de ser creyentes, en su compromiso no aportan ningún “plus” de radicalidad, de honestidad o de transparencia. Lo contrario seria minusvalorar la grandeza de la persona humana, creyente o no. No hay diferencia entre los valores y las actitudes que puedan aportar los creyentes con los valores y actitudes que puedan aportar los no creyentes a partir de otros principios, ideologías o utopías.
De igual manera el hecho de ser creyente no le da al cristiano derecho ninguno socialmente, políticamente y ni siquiera religiosamente. En este magno combate del género humano hacia su propia liberación, más bien se pondrá humildemente junto a los demás sin exhibir su Fe, precisamente porque la considera su mejor tesoro. Porque la Fe no es para él una arma de combate para establecer el Reino de Dios aquí en la tierra sino un estímulo interior de servicio a los pobres que son ya aquí el Reino de Dios.
¿Qué es, pues, lo propio del cristiano, su señal de identidad, aquello que le distingue en su trabajo por la justicia? ¿Qué aporta? ¿Qué puede aportar a este mundo post-religioso la comunidad de cristianos, la Iglesia?
Lo que tanto el cristiano como la Iglesia deben aportar es, simplemente, ser testigos de aquello que está más allá de los límites de la razón: trascendencia, continuidad de la vida, el anuncio profético del Reino a los pobres etc. y la posibilidad de hacer presente ya aquí el sentido gratuito de la “justicia” de Dios. Porque la justicia divina y la justicia humana son diferentes. Esta es resultado del derecho. Aquella es un obsequio, un regalo inesperado. No se trata de perfeccionar la justicia humana sino de poder leer la realidad de una nueva manera. No se trata de hacer mejor las cuentas para medir con mayor exactitud las deudas. La justicia de Dios, no paga según horas trabajadas, no es justicia distributiva según entendemos la justicia humana, cancela la deudas y coloca a las prostitutas y a los perdedores de la historia en el primer lugar.
3. El silencio de Dios ante el sufrimiento del mundo
Dios y la humanidad ante las víctimas
Juan B. Metz, católico, y Jürgen Möltmann, protestante, que vivieron Auschwitz de cerca, se preguntan qué sentido tiene hablar de Dios después de aquel infierno. Allí Dios callaba. Creo que con toda honestidad podemos hoy preguntarnos lo mismo después del millón y medio de muertos de Irak, de lo de Camboya, de la tragedia de los Grandes Lagos, del incremento de precios de los alimentos básicos. ¿Porqué tanto sufrimiento inocente?
¿Porqué el muchacho de 14 años en la alambrada? Simon Lévy. “Allí está Dios”
¿Porqué las palabras de Hosnia Hanromani?
¿Porqué los muertos en la patera?
Vivimos en un mundo aparentemente con mucha religión pero como si Dios no estuviera. Como una época de religión sin Dios. Porque si la religión, con mucho culto y procesiones, no se plantea el problema de las víctimas, sólo sirve para esconder la razón fundamental de ser de Dios, que es la salvación de la criatura. Que los asesinos, que los que roban la esperanza de los pobres y de los pueblos, apelen a Dios, pone de manifiesto hasta que punto el discurso sobre Dios puede llegar a ser instrumentalizado y cínico.
El olvido despiadado de las víctimas se ha convertido en la clave del triunfo del vencedor. La memoria del sufrimiento ajeno es como una categoría débil en un tiempo en el que la humanidad, en el fondo, cree que puede medirse en su poder con las armas de destrucción masiva. El olvido o mirar hacia otro lado ante las siempre nuevas historias de sufrimiento no puede hacerse sin pagar un precio: la degradación de la moral, la disolución del hombre. La cuestión de Irak, y la de tanto sufrimiento, no es sólo la pregunta dónde está Dios, sino dónde ha quedado el hombre. Irak, Palestina, los grandes lagos y la crisis actual han hecho bajar drásticamente la frontera metafísica y moral del respeto entre los humanos. Caminamos hacia el olvido del pasado, de la cultura, de los valores, del sufrimiento y tendemos a adoptar la cultura del mercado que cree que todo puede comprarse y venderse. Son pocos los que relacionan el actual hundimiento de valores con la amnesia provocada acerca del recuerdo de las víctimas (p.ej. EUA, Bush, Obama). La historia profunda de la especie humana es vulnerable.
Pero los muertos no prescriben. Por mucha tierra que se quiera echar encima, por muchas leyes de amnistia, vuelven y vuelven. El neoliberalismo sabe que quien quiere controlar el futuro tiene que controlar y manipular el pasado en la misma dirección; por eso todos aquéllos que se atrevan a hacer esta interpretación serán tenidos por subversivos y perseguidos. El recuerdo de la muerte, el sufrimiento o el martirio de las víctimas nos permite descubrir las dimensiones sociales y de más allá de la persona. De aquí que intentar rescatar del olvido la historia del sufrimiento humano es un hecho revolucionario.
Alianza y fraternidad en el pueblo de Israel
Sin embargo todas las tradiciones de los discursos sobre Dios conocen los gritos del sufrimiento, las llamadas de auxilio, como en el pueblo de Israel, en el profetismo. La mística bíblica es una mística del dolor de Dios, del sufrimiento de Dios ante el sufrimiento humano.
La idea bíblica de la Alianza, que significa esperanza y solidaridad hacia el futuro, exige también solidaridad con el pasado, la memoria.
El discurso bíblico sobre el Dios de Abraham, Isaac y Jacob, que es el Dios de Jesús, no es la expresión de un monoteísmo cualquiera, sino de un monoteísmo de un Dios débil y cercano al débil, de un Dios crucificado y de alguien que se siente abandonado de Dios. El monoteísmo bíblico tiene un carácter escatológico que sitúa todos los ámbitos del poder –político, económico, cultural- bajo una reserva escatológica, que relativiza toda absolutización del poder.
Nuestras actitudes frente a los pobres: la gente de la exclusión tiene rostro, historia, vida, alegrías, defectos, dificultades… capacidad de encuentro, de caminar juntos, de hacerse cargo
¿Qué peso ha tenido en la historia la vivencia de este monoteísmo en la comunidad cristiana? ¿Es la comunidad cristiana un grupo sensible al sufrimiento? ¿No han sido acaso las religiones monoteístas –en la ex-Yugoslavia, en Irlanda, en el conflicto Palestino, en el Líbano, en Irak etc.- las que pecan contra este sufrimiento ajeno?
4. La justicia y la paz desde la perspectiva del Reino
El “bienaventurados los pobres” y la doctrina social de la Iglesia
Para nuestro mundo autosuficiente y rico, el “bienaventurados los pobres” es un escándalo, es mirar el mundo al revés, un absurdo! Con criterios de este mundo a nadie se le ocurre un sin-sentido semejante. Tiene además muy poco que ver con criterios de justicia o equidad. Porque las bienaventuranzas no son un código de moral, de derechos humanos, no es un mensaje político, no es una doctrina social ni es la Doctrina Social de la Iglesia. Son el anuncio desconcertante del Dios de Jesús: el Reino de los cielos es de los pobres y de las víctimas, eso es todo! Los pobres y víctimas no sólo son personas dignas de misericordia sino, fundamentalmente, son los poseedores del Reino. No por ser mejores que los demás, sino por ser pobres. No es una calificación moral sino un contenido de revelación. Ante semejante incongruencia, poco podemos decir, simplemente aceptar.
¿Porqué precisamente los pobres son los preferidos de Padre? No sabemos, no hay ninguna razón-racional. El Dios en el que hemos creído ama los últimos, es Padre. Jesús no anuncia a un Dios monarca absoluto sino un Dios padre-madre, fiel y tierno que como todo padre-madre ama, naturalmente, a los más desprotegidos. Éste es el Dios que los pobres entienden como suyo. Se trata de un mensaje esencialmente profético.
Los oídos bienpensantes querrían que el Reino de los cielos fuera algo más manipulable, más comprensible, más de acorde con la ética natural, con criterios de justicia. Pero proclamar bienaventurados a los insignificantes es un escándalo. Y este Reino de Dios no empieza en un "más allá" sino ya que ya empezó en Jesús, como un marginado más entre los marginados. Su aparición y su vida y su muerte no ha significado más progreso material o más desarrollo económico sino la conciencia -tan poco y tanto!- que Dios está sobre todo con los y las que todo el mundo rechaza.
Igual que con la Fe, podemos preguntarnos ¿de que “sirven” las Bienaventuranzas? y también responderíamos que "sirven" de poca cosa. Son más, demasiado importantes para "servir" de nada. El mensaje cristiano no “sirve” para ninguna política concreta desde el poder ni para legitimar ninguna actuación de Imperio cristiano "mi Reino no es de este mundo", pero inevitablemente tiene implicaciones políticas. Es un mensaje trascendente, de futuro, del Reino. Obviamente el camino que Jesús señala para alcanzar este Reino es su continuada insistencia de amor a los pobres, de ayuda al necesitado, la visión crítica de las actuaciones del poder, etc. solemnemente explicado en la parábola del juicio final de Mateo 25. Pero Mateo 25 es un mensaje moral, comprensible desde la moral natural. Las bienaventuranzas, en cambio, desde la moral natural rompen toda lógica, son un mensaje profético, de Fe.
El “bienaventurados los pacíficos” y la construcción civil de una cultura de paz
De igual manera tiene muy poco que ver el “bienaventurados los pacíficos” con la doctrina de la Iglesia acerca de la paz y la guerra. Además a lo largo de la historia en este campo la Iglesia ha mantenido posturas contradictorias. A partir del siglo IV poder político e Iglesia se dan soporte y legitiman mutuamente sus opciones, incluso militares. Las guerras quedaban justificadas como si fueran conflictos en defensa de la Fe. Espada y cruz por desgracia irán juntas durante muchos siglos. En los últimos tiempos, la Iglesia intenta limitar, según criterios de moral natural el uso de las armas pero haciéndolo no hace más que aceptar y justificar la guerra. Es prisionera de otros pactos que la condicionan. Hará llamamientos genéricos a la paz sin pronunciarse claramente contra la guerra; intercederá por una conducción “justa” de la guerra y según una teología que nace y justifica el poder: la teoría del mal menor, de la Guerra Justa, de la Guerra en defensa propia etc. Por desgracia, por ejemplo, la Iglesia justificó el colonialismo, las guerras imperialistas, legitimó las armas, bendijo ejércitos, proclamó “cruzada” la guerra civil española, etc.
Incluso ante el cambio cualitativo en capacidad de muerte y destrucción que supuso la era atómica y la aparición de las armas de destrucción masiva, Pío XII quedó dramáticamente prisionero de un cuadro teológico y político dominado por la guerra fría. Quiere dibujar un nuevo orden mundial fundamentado sobre la Ley de Dios. Este nuevo orden es sostenido por Occidente y tiene a Oriente -la Unión Soviética- como principal enemigo. Y obviamente la Iglesia confía en Occidente. Los enemigos de este orden lo serán también de la Iglesia, y serán condenados por todos los medios, impidiendo incluso sus parciales victorias políticas o sociales que proponían mejorar las condiciones de vida del pueblo.
Pero el mensaje de Juan XXIII en la “Pacem in Terris” de 1963 dio un giro de 180º a los 1500 años de Teología de la Guerra Justa. Juan XXIII abandona para siempre los capítulos de la Teología moral o de la Doctrina Social. En la “Pacem in Terris” la Paz se convierte en un lugar decisivo de la confesión de la Fe y es concebida como un bien absoluto e indivisible y que en sí mismo contiene toda la unidad y radicalidad del Evangelio. No hay Guerra Justa. Guerra y Justicia son términos antitéticos. La guerra, toda guerra, es antievangelio, ninguna es justificable desde la fe. Ni las que violan el Derecho Internacional, ni las avaladas por alguna organización internacional o por la misma ONU.
Por desgracia el Concilio, después del paréntesis profético de la Pacem in Terris, en la Gaudium et Spes vuelve a sentirse deudor del Occidente, de su política y de sus armas y ejércitos. No habla de Guerra Justa pero sí de la Guerra en legítima defensa, lo cual significaba resucitar la Teología de la Guerra. Podemos buscar razones históricas atenuantes: que estábamos en plena guerra fría, la guerra del Vietnam, estaba en ebullición del proceso de descolonización etc., pero fue un retroceso doctrinal sin paliativos que frustró las esperanzas del pacifismo, tanto el laico como el creyente.
Debemos aceptar que lo que Juan XXIII había indicado proféticamente, que toda guerra es antievangelio, independientemente del juicio que pueda merecer desde la política o moral natural, es asimilado por la conciencia eclesial más lentamente de lo que desearíamos. Para acabar de remachar la frustración, el famoso Catecismo de la Iglesia Católica de 1992, obra especialmente del cardenal Ratzinger, reafirma la teología de siempre: guerra justa y en legítima defensa, introduciendo un nuevo elemento de confusión: la posibilidad de ingerencia humanitaria (lo que en aquél momento estaba haciendo la ONU en Kosowo).
El único camino del cristiano es la profecía, proclamar el juicio de Dios a favor de toda vida. Sólo así el cristiano podrá proclamar el misterio desarmado de la palabra de Dios, hermano de todos. La Paz, los pobres y las víctimas están en el centro mismo del misterio de Jesús, pobre, pacífico y víctima. El “bienaventurados los pacíficos” tampoco es un juicio moral. Se trata de una proclamación profética del Reino.
La fraternidad cristiana es memoria y promesa
En contacto con la cultura greco-romana el cristianismo, que había aparecido desde la perspectiva del pobre, se transformó en un cristianismo desde la perspectiva del poder. Esta transformación no sólo afectó sus relaciones políticas con las instituciones de poder sino, sobre todo, a la misma concepción del misterio y de la Fe. Se aceptó el Imperio como molde político y se inició una simbiosis entre imperio y cristianismo, de manera que se confunde la rápida construcción política del Imperio cristiano con la justificación teológica del cristianismo imperial. Se trata de la divinización teológica del poder, en la antítesis de las bienaventuranzas que significa la divinización teológica de los pobres.
En lugar de seguir anunciando el escándalo de las bienaventuranzas como utopía del Reino de Dios, el mensaje utópico y profético se diluyó rápidamente, e igual que en el AT, a partir del mismo siglo IV surgieron grupos que huyeron de esta politización de la Fe. Algunos se retiraron hacia el desierto como los antiguos esenios. Otros, más adelante, en nombre de la tradición, denunciaron la corrupción del mensaje. Muchos, acusados de herejía, dieron la vida por ello. En su mayor parte las herejías medievales fueron la expresión de un cristianismo de marginados, rebeldes y excluidos, y por ello objeto de especial vigilancia por parte de la autoridad eclesiástica. No por posibles desviaciones doctrinales sino por su proximidad a la radicalidad del mesianismo o profetismo. No se trataba de grupos o personas que perdieran la fe, sino todo lo contrario, de creyentes fervientes y apasionados, pero anticlericales y antijerárquicos que viven una especie de religiosidad autogestionaria de contacto directo con Dios y que no cuenta con la mediación eclesiástica, decididos partidarios de la pobreza voluntaria reclamando su fidelidad de la vuela a los orígenes fundantes.
Afortunadamente la laicidad y mayoría de edad de nuestro mundo hará que las instituciones eclesiásticas, y en especial la religión cristiana, vayan perdiendo notoriedad e influencia. Los creyentes podremos escuchar con mayor nitidez el llamamiento a la Vida y a la Paz que Dios dirige a cada uno de nosotros. Esta será una de nuestras señas de identidad y uno de los motivos de resistencia y a actuar, paradójicamente, según el "realismo evangélico". Dios habla a través del grito silencioso de las víctimas. Escuchar, dar a conocer, acompañar a las víctimas es un acto de resistencia y una de las fuentes de la fuerza necesaria para resistir porque es escuchar, dar a conocer y acompañar al mismo Jesús. Monseñor Claverie, obispo de Oran y mártir, en el momento decisivo en el que los cristianos tenían que decidir quedarse en Argelia o marcharse, en una memorable homilía decía "es el momento de quedarse, aunque solo sea para estar en silencio junto a la cama de los que amamos: un sencillo ofrecimiento de estar a su lado, para estar cerca del que sufre, aunque sólo sea para cogerle la mano. Éste tendría que ser nuestro compromiso de amar gratuitamente... los cálculos demasiado humanos pueden pervertir el sentido espiritual de nuestras acciones. La Iglesia no está en el mundo para conquistarlo y ni siquiera para salvarse con sus bienes y personas. La Iglesia está, como Jesús, atada a la humanidad sufriente, hermana de cualquier víctima".
6. “Lo mejor de la religión es que provoca herejes” (Ernst Bloch)
Subversión y herejía, o la difícil lucha por la fraternidad.
Un posible hilo conductor para comprender la historia es leerla a partir de estos buscadores de nuevas tierras prometidas, creadores de fraternidades que empeñaron su vida al servicio de un mundo mejor. Los hay en todas las formaciones sociales. Viven su compromiso como la exigencia y entrega a una causa que sienten como absoluta. Para ellos el camino hacia esta tierra prometida supone un duro “paso del desierto” porque casi todos fueron considerados subversivos, quebrantadores del orden, disidentes, herejes. Fustigan tanto a las autoridades en tanto que responsables del mal como al pueblo por sus infidelidades, y son rechazados por ambos. Así fueron condenados los profetas de Israel y acostumbran a ser condenados los profetas de hoy. Sin embargo aunque no hay una tierra prometida definitiva, son creadores de esperanza. Censurando el presente anuncian un futuro mejor y en esta confrontación ponen de manifiesto la dialéctica entre sistema-antisistema, institución-protesta, poder-fe, político-profeta.
La mayoría tuvo que escoger entre obediencia a la norma u obediencia a la conciencia. Obedecer a la conciencia exige convencimiento y una total libertad y pobreza porque quien lo hace sabe que deberá asumir graves consecuencias sociológicas y psicológicas, soledad, aislamiento, descrédito, vivir en el ostracismo, quizá ponga en riesgo su propia vida. Antígona sabe que enterrando a su hermano desata la ira de Creonte, y debe escoger entre la piedad y el orden. Sócrates es acusado de desacato a los dioses. Los dos serán condenados. En ocasiones, más que el hecho en sí, lo que se condena es el quebrantamiento del orden por su valor simbólico. En la República de Platón el innovador será reprobado y quien rompa o añada una cuerda a la lira será desterrado. Así también en Jesús porque pone por delante el valor del hermano que el valor de la ley. Proclamando que “el hombre no se ha hecho para el sábado sino el sábado para el hombre”, Jesús asume las consecuencias de su enfrentamiento con el poder.
La mayoría de las veces el disidente no alcanza a ver el resultado de su sacrificio. Pero si Espartaco y los miles de esclavos que fueron crucificados con él 70 años antes de Jesucristo no hubieran existido quizá estaríamos todavía en la esclavitud… sin las revoluciones de los pobres en la Edad Media, sin los libertadores de las colonias, sin fray Bartolomé de las Casas, sin tanto sufrimiento obrero, sin la resistencia en Irak… Además con suerte la historia recuerda sólo el nombre de los líderes, las mayorías sacrificadas permanecerán en el anonimato.
¿Quién tiene autoridad para condenar? ¿quién crea desorden y quién crea esperanza, el desobediente o el que manda obedecer un orden injusto? ¿En qué objetividad se fundamentan los criterios que condenan a uno y absuelven a otro? Porque muchos de los condenados fueron rehabilitados y otros a punto de ser condenados fueron encumbrados a la cima de los altares. En el palo al que fue atada Juana de Arco, 1431, para ser quemada se describían las causas de su condena: “Jehanne que se hacía llamar virgen: mentirosa, perniciosa, engañadora del pueblo, hechicera, supersticiosa, blasfema de Dios, presuntuosa, descreída de la fe de Jesucristo, jactanciosa, idólatra, cruel, disoluta, invocadora de los demonios, apóstata, cismática y hereje”. Pocos años después es rehabilitada y posteriormente canonizada y nombrada patrona de Francia. San Francisco de Asís estuvo a punto de ser condenado. San Juan de la Cruz fue encarcelado a pan y agua durante siete meses por sus mismos hermanos de congregación. San José de Calasanz, condenado por la inquisición, muere con su orden de los escolapios prohibida por la Santa Sede. La lista de condenas que hoy nos avergüenzan seria inacabable, sobre todo en las organizaciones que dicen representar valores, la iglesia especialmente.
¿Debemos con esto decir que la herejía es un concepto subjetivo elaborado por parte de quien tiene el poder, es decir, que el poder actúa arbitrariamente? No necesariamente, pero hay que destacar la incomodidad que para el poder representan la mayor parte de los movimientos rebeldes. Porque con el tiempo las instituciones tienden a la esclerosis y a convertir la esclerosis en ley, en autoritarismo en lugar de fraternidad. Las cúpulas acostumbran a secuestrar para sí el poder que deberían tener siempre las bases. En ocasiones se plantea como la necesidad de adaptar a las circunstancias el mensaje profético original, pero en otras funciona sólo la lucha por el poder. Entonces el poder no declara herejes a los que lo son sino a los que puede o quiere, en parte porque en muchas ocasiones los herejes son las mismas autoridades que están condenando. A diferentes escalas se reproduce el conflicto entre Stalin y Trotsky. Quienes hoy en algunas organizaciones de izquierda proclaman el retorno a los principios fundantes del socialismo son acusados por las direcciones como perturbadores del orden en la organización. Y el poder condena o amenaza con la condena no sólo a los declarados disidentes sino a todos aquellos que presumiblemente pueden poner en cuestión los intereses del grupo en el poder.
Herejías medievales: retorno a la tradición fundante.
Una de las características que la historiografía atribuye a las herejías medievales (Chénu, Le Goff, G.Duby, Duvignaud, Valdeón) es su reiterada propuesta de retorno a la tradición fundante, y en especial a la pobreza evangélica. Por ejemplo, el movimiento de mendicantes de la Edad Media como fenómeno de extraordinaria vitalidad y ubicuidad en toda Europa, siempre decapitado y siempre renaciente bajo múltiples formas. Todos ellos tienen en común su enfrentamiento a una jerarquía vinculada al poder y defensora de la fe por las armas y fueron mayoritariamente condenados como herejes. Sin embargo hoy debemos agradecerles que escogieran la pobreza y que en un largo período del XII al XIV se enfrentaran incluso a los grandes pontificados como los de Gregorio VII, Inocencio III o Bonifacio VIII e intentaran crear, como Jesús en su momento, espacios de resistencia frente una Jerarquía que actuaba en contra de los principios del evangelio.
Entonces y ahora reivindicar el pasado puede ser lo más revolucionario. Iglesia y colectivos sociales de izquierda saben que ante “el pobre” se juegan su ser o no ser. Pero frente al poder, tanto religioso como civil, los pobres son peligrosos, son incontrolables. No responden a las características que pueda asumir una institución que, aun teniéndolos en cuenta, quiere tener presentes criterios de oportunidad y prudencia, pactos, negociaciones. Pero ni los profetas ni el evangelio aceptaron estas sutiles distinciones. No es tanto un problema doctrinal como ético, no de ortodoxia sino de ortopraxis.
Siempre las expresiones sociales que parten de la fe tienden a ser radicales, no se guían por la oportunidad o moderación porque no se mueven por los criterios de la ética sino por la escatología.
Utopías renacentistas y autonomía de la conciencia individual
Al Renacimiento se le atribuyen los orígenes de la modernidad, el advenimiento de una nueva racionalidad económica –la mercantil- y de una nueva racionalidad política –laica, el Estado-. Se le adjudica la ruptura con el teocentrismo, el inicio de una larga secuencia de revoluciones científicas y técnicas y una transformación radical de principios éticos. En este contexto surge un género literario situado entre la imaginación y propuestas de cambio, entre la crítica al príncipe y el ofrecimiento de alternativas. Las más conocidas La Utopía de Tomas Moro, La Ciudad del Sol de Tomasso Campanella o La Nueva Atlántida de Francis Bacon. Los autores fueron condenados, Moro fue ejecutado, Campanella pasó veintisiete años en prisión. Las diferencias entre ellas, una defensora de la libertad y otras del orden, se reproducen una y otra vez en todos los intentos de un orden diferente en el mundo.
Todavía en la Europa de los siglos XVI y XVII sigue siendo la biblia, en su intepretación más social e igualitaria el principal “manual revolucionario” que inspiró tanto la libre conciencia individual frente al poder de la institución (protestantismo) como los movimientos más radicales y utópicos. Huss, Savonarola, Lutero, Calvino y tantos otros siguen teniendo a Dios como referencia en sus propuestas de reforma de la Iglesia y la sociedad.
Será, p.ej., la biblia la que inspirará a Thomas Münzer, partiendo de la misma teología luterana, a encabezar una revolución de campesinos y mineros contra Lutero por haber entregado el poder religioso a los príncipes. Puede considerarse la primera revolución social de la Europa moderna. Münzer fue ejecutado por orden de Lutero. De manera parecida ocurrió con el movimiento de los “niveladores” durante la revolución inglesa a mediados del XVII. Winstanley encabezó un movimiento agrario de revolución social contra la propiedad de la tierra bajo el lema que Jesucristo habría sido el primer “nivelador”.
En la misma línea hay que tener presente los movimientos surgidos en Latinoamérica a partir de la conquista. De entre muchas la figura más importante por su constancia en la defensa de la cultura india será la de Bartolomé de las Casas.
Hacia el mundo moderno y utopías sociales
La autonomía de la razón, la nueva ciencia, el secularismo y la laicidad, la conciencia y la proclamación de unos Derechos Humanos inalienables, la democracia, la libertad individual y colectiva etc. han sido conquistas sociales detrás de las cuales hay sufrimiento, condenas y víctimas. En muchas la violencia y abusos empañaron el ideal de los promotores. A menudo los principios quedan esclerotizados y después se condena a otros en nombre de aquellos principios. Por ejemplo, 70 años después de la Revolución Francesa en nombre de la Libertad, Igualdad y Fraternidad se aplasta a sangre y fuego la Comuna de París que se guiaba por los mismos principios.
Así ha ocurrido durante este trágico siglo XX con tantas utopías sociales y doctrinas globales de salvación. Marxismo y anarquismo son utopías con propuestas concretas de justicia, igualdad y cooperación, con voluntad de “soñar hacia delante”, son ciencia en el análisis social y son ideología, una fe de transformación social. Demasiado rápidamente se contaminaron de ambición, voluntad de poder y corrupción, propiciaron la represión y crearon los gulags de muerte. Aprender la lección para no repetirla supone recordar los errores pero también los aciertos y no desechar la propuesta por el hecho que algunos la hayan desacreditado. También los cristianos tenemos una larga y desgraciada experiencia de lo que supone la arteriosclerosis en las instituciones religiosas y no por eso hemos dejado de creer.
6. Creyendo en el Dios de la debilidad
No busquemos ya pues el anuncio de la Buena Nueva a partir de las estructuras o instituciones de poder.
Desde la teologia del poder no puede haber fraternidad
En la teología del poder la preocupación por el pobre no desaparecerá pero quedará como planteamientos éticos, de justicia, filosóficos, de humanismo, lejos del mensaje de las Bienaventuranzas. Y en segundo lugar, la salvación del pobre será asunto del poder, no del mismo pobre. Por lo tanto el poder decide. Y normalmente el poder decide a favor del propio poder.
La fraternidad sólo vendrá a partir de los humildes. En las frecuentes conversaciones sobre pobreza y desarrollo demasiado a menudo reducimos el horizonte del debate a la ética. Incluso, a veces, a una ética humanista del sentido común, de vagas declaraciones de bondad. No hablamos del juicio de Dios sobre los poderes y sobre la historia, del Dios que convierte al pobre en el analogado principal. Hablamos de justicia, de libertad o de valores humanos con un lenguaje abstracto que acaba siendo empalagoso. El lenguaje eclesiástico es maestro en esta manera de hablar: quiere contentar a todo el mundo, al que tiene el poder y a la víctima, al pobre y al que tiene dinero, lejos del lenguaje transparente de las Bienaventuranzas.
No hay paz desde la teologia del poder
En relación con la Paz, la teología del poder tendrá también estas dos características: cuando la Jerarquía considera que tiene obligación de implicarse en los procesos de la Paz, lo hace desde la convicción del papel social o de mediación que puede ejercer la religión y por lo tanto desde la razón o la lógica de la moral natural, "desde la sabiduría humana y no desde la Cruz de Jesucristo" (I Cor.1,22). Por eso su mensaje no acostumbra a ser percibido como mensaje profético salido del Evangelio, sino como el mensaje de un poder político. La misma Jerarquía, además, acostumbra a poner más confianza en los medios del poder político que en los de los pobres y desarmados del evangelio.
Se intenta ser protagonista en las relaciones internacionales pero en el fondo hay una gran impotencia e ineficacia. Se proclaman declaraciones abstractas de principios, deseos genéricos de paz pero paralelamente, desde muchas otras complicidades se da apoyo a las acciones de violencia. Queriendo indicar a los estados el camino de la justicia se acepta la lógica de la política de los estados y a menudo también su praxis. El mensaje profético de la Iglesia sólo podrá ser escuchado al precio de ser auténticamente pobre, si previamente ha tomado partido por los débiles.
Cuando los poderosos de este mundo nos halagan, cuando consideran a la Iglesia “autoridad moral”, deberíamos preguntarnos si hemos proclamado el Reino de Dios con bastante claridad, si acaso no nos habrá faltado profecía. Jesús no tuvo autoridad moral ante los poderosos. Se burlaron de él y lo mataron.
Quien entendió la esencia profunda del cristianismo fue Nietzshe -y no Marx ni Hegel ni los ilustrados ni el pensamiento griego-. Comprendió que el mensaje del Dios de Jesús y el espíritu de las Bienaventuranzas era el amor de Dios a los pobres y lo combatió como la religión de los esclavos. Entendió las palabras de Maria "derroca a los poderosos del solio y exalta los humildes, llena de bienes a los pobres y los ricos vuelven sin nada" (Lc. 1,52). Recordamos la diatriba en el Anticristo: "El cristianismo ha extendido el veneno de la doctrina de la igualdad.. ha hecho crecer el odio del pueblo contra nosotros los sabios y aristócratas del pensamiento... el cristianismo es el enemigo de la humanidad". "El Ecce Homo" coronado de espinas y anunciado por Pilato es la antítesis del "Super-Hombre" de la voluntad de poder del hombre sin Dios.
7. Creyendo en Jesús, hemano pobre
Preguntas previas y fundamentales:
¿Qué conciencia tenia Jesús de sí mismo? ¿Qué significan en él sus contínuas referencias al “Padre”? etc.
Avances en la exégesis bíblica y en la interpetación histórica.
Al margen de estas respuestas, sin embargo, es cierto que:
Jesús se sitúa fuera del sistema
Se hizo amigo de los últimos; se hace presente entre ellos al margen del poder y lo hace con medios pobres, desde una lógica de servicio, contraria a toda lógica guiada sólo por la razón. La referencia humana fundamental de la vida de Jesús son los que viven en el espacio de la penumbra de la historia. Desde el comienzo aparece con un "perfil" especial: es un “ser-para los-pobres” y lo es cumpliendo una misión: "he venido a anunciar la salvación de los pobres", dice en Lucas 4, lo proclama Maria antes de su nacimiento, había sido anunciado a Isaías y lo repite por el Bautista, "será la salvación para los presos" es la señal dada a Juan: "decidle a él que el pobres reciben el anuncio de la Buena Nueva" (Mt.11.5). Así son también las parábolas: la de los vagabundos (Mt.22,10), los pobres, inválidos, ciegos y cojos invitados a la cena (Lc.14,21), el pobre y el rico (Lc.l6,19), la de la viuda y el juez (Lc.18,1), hasta llegar a las ya citadas del 23 y 25 de Mateo, las diatribas contra los poderosos de entonces y la parábola del Juicio Final. Cuando Jesús reiteradamente y en público vulneró la ley y el sábado a favor de los pobres, y a las autoridades políticas y culturales de su momento los insultaba como "hipócritas", "ciegos y guías de ciegos", "sepulcros blanqueados, serpientes, crías de víboras" del terrible Mateo 23, rompió todo comportamiento "políticamente correcto".
Escogió como amigos los proscritos de la sociedad. Sus amistades tienen en común la marginación y la debilidad. Se aparta de los puros y se va con los que están al margen de la ley, con los enfermos y pecadores, el leproso, el paralítico, los endemoniados, los publicanos, las mujeres pecadoras, la samaritana, la adúltera, el elogio de las prostitutas, Magdalena como ejemplo de amor y de fe, amigo de zelotes y de revolucionarios, de los mal vistos para ser de otras culturas como el samaritano. La lista de los que se le acercan es siempre parecida: los afligidos, con hambre, paralíticos, ciegos, cojos, leprosos, sordos, muertos, presos. No es un cuadro de pobreza idealizada ni pobreza espiritual o moralizante, es la pobreza corporal. No son una especie de espirituales místicos o alienados, son los pobres-pobres.
Es importante ver las razones que lo mueven. Porque no provienen de consideraciones morales, de la voluntad de hacer la revolución o de luchar contra el sistema. No son sólo razones de justicia sino que son, sobretodo, por cumplir la voluntad de Padre. No son razones humanitarias, filosóficas o revolucionarias, no se mueve por imperativos de la razón o por exigencias de ética, sino por encargo de Padre: Jesús viene a cumplir la voluntad de Padre y es el Padre quien le marca las prioridades. Es por la voluntad del Padre que se hace hermano de los marginados. Es el misterio de Dios que ha decidido hacerse presente como Padrenuestro.
Jesús, víctima
Es por voluntad del Padre que rompe la ley y se convierte en subversivo del orden. Por ejemplo, la diferencia entre las razones de la muerte de Jesús y la de Sócrates -educadores, los dos, portadores de un mensaje de justicia y víctimas de juicios inicuos- es que Sócrates, ciudadano ejemplar, acepta la ley. El tribunal se puede haber equivocado, pero se somete y acepta morir. Jesús se rebela. Un pequeño grupo ha hecho la ley a favor suyo y contra la mayoría, los pobres, por lo tanto contra la voluntad de Dios, Padre de todos. Una es muerte por humanismo, la otra es muerte porque el amor de Dios quiere librar a la mayoría de la opresión de una ley que mata. No es tampoco una actitud sacrificial al estilo del relato de Mel Gibson. Jesús muere rebelándose contra la ley por amor a los hombres.
Jesús habla del Reino
Tanto ahora como en el pasado, cristianos de buena fe hemos luchado por la frateridad desde diferentes estrategias, legítimas todas ellas: son las propuestas políticas organizadas como partidos; cada una de ellas se acercará más o menos a lo esencial del mensaje pero ninguna de ellas, ninguna propuesta política concreta puede decir que es, del todo, el único camino acertado porque la fe no es más que una referencia final y las estrategias, caminos o instrumentos pueden ser muy variados.
No son los pobres los que luchan por llegar al Reino sino que es el Reino que se ofrece a los pobres y les dice que Dios es de ellos, que entren, invita a su cena a los que encuentra por las plazas y calles de la ciudad: pobres, inválidos, ciegos y cojos (Lc.14, 21). No son sólo imágenes y palabras. Son hechos, los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen (Mt.11,5). Es un Reino de felicidad para los últimos, para los enfermos y los que están solos, para los Lázaros (Lc.16,19) y que sólo éstos entenderán.
Dicho de otra forma: el pobre real es el referente evangélico necesario y un referente escatológico, de un futuro que cuestiona críticamente cualquier estrategia humana. Moltmann y Metz reiteran que demasiado a menudo las teologías que afirman no tener implicaciones políticas, tienen de hecho alianzas tácticas muy fuertes con los movimientos conservadores. Las Iglesias o comunidades que dicen retirarse hacia la neutralidad normalmente son Iglesias o comunidades muy politizadas.
8. Con el Espíritu, la alegría y la fuerza de los que no tienen nada que perder
La lucha por la fraternidad
A menudo la fraternidad nos llevará a asumir posturas radicales, difícilmente comprensibles por el conjunto de la sociedad. Son los consejos de toda madre a su hijo "no te enredes, no seas tan atrevido", "tú solo no harás nada" y que posiblemente también Maria hacía a Jesús. Pero deberíamos preguntarnos si el radical, el que por honestidad tiene prisa por cambiar las cosas sabiendo que será víctima de la sociedad bienpensante, el que por altruismo se sitúa fuera del sistema porque considera el sistema injusto, el extraparlamentario... no estarán más cerca del mensaje radical de Jesús condenando a sus contemporáneos. ¿Quién de nosotros se atrevería, hoy, a hablar el lenguaje de Jeremías o Amós?
El compromiso de la Fe no es deudor de ninguna doctrina humana de liberación: marxismo, liberalismo, democracia cristiana etc. ni con las doctrinas políticas de utilización del poder. Pero tampoco está necesariamente en contra de ellas. No hay ningún instrumento intrínsecamente bueno ni ningún instrumento intrínsecamente malo. El Evangelio sólo proclama: "los pobres son los primeros". Demasiado a menudo la Iglesia ha considerado buena una mediación -p.ej. la escolástica o el aristotelismo- que pasados los años se ha comprobado que dificultaba la comprensión del mensaje. O, al revés, ha condenado algunas mediaciones -p.ej. el marxismo- que con el tiempo han sido asumidas en parte. Demasiado tiempo perdido y sufrimientos causados por cosas secundarias. La Fe nos hace libres para utilizar cualquier instrumento.
Demasiado a menudo los cristianos nos dejamos llevar por una prudencia o cobardía que Jesús no tuvo. Acusamos a los de arriba -autoridades políticas, Jerarquía de la Iglesia, partidos- que son demasiados prudentes o cobardes, pero a menudo eso no es más que la cobardía de cada uno de nosotros. Porque la Jerarquía y el político deberán dar cuenta de su inhibición o cobardía, pero la suya no nos exime de nuestras responsabilidades.
Cuando hablamos de cristianos y política no debemos dejar de hablar de la actividad política de aquellos cristianos más significados públicamente: Jerarquía, obispos, el Papa. Deberíamos librarnos de aquel doble lenguaje que cuando los laicos intervienen en la sociedad hacen política, la Jerarquía se atreve a juzgarlos. Pero cuando interviene la Jerarquía, a su intervención política se llama solicitud pastoral. Todos tenemos en mente la cantidad de veces que la Jerarquía ha intervenido a favor de los poderosos de este mundo. En la conciencia de la sociedad laica moderna y en la de los fieles creyentes, estos hechos pesan más que mil declaraciones sobre la doctrina social de la Iglesia. La actuación política de las más altas jerarquías a menudo contradice las teorías y acciones de las personas más humildes de la sociedad. Los terribles efectos de estas actuaciones en tanto que testimonio anti-evangélico sólo pueden ser contrarrestados por las actuaciones de muchas comunidades y de muchos cristianos de base, muchos de ellos mártires, que a menudo tuvieron como primer adversario político la misma Jerarquía. Cuando hablamos de "el compromiso de la fe del cristiano" debe tenerse presente la adultez del mundo civil y la adultez del mundo cristiano, también dentro de la Iglesia.
Desde la política y desde la profecía
La acción inmediata es la acción política. La voluntad de mirar el futuro y en profundidad, lo que da sentido a la acción política, es la acción profética. Se alimentan mutuamente. La acción profética se propone mantener el sentido de los valores absolutos y confirmar, sin dudas y probablemente también sin prudencia, la fidelidad a los principios. Busca la calidad de la acción más que la cantidad, la solidez del resultado más que su visibilidad. Su peligro es despreciar los medios cotidianos a través de los cuales, paso a paso, la profecía se concreta en acciones de transformación, en política. Los dos tipos de acción son igualmente necesarios, pero tienen funcionamientos diferentes. La política sin profetismo queda prisionera de sí misma y de la inmediatez, pero la profecía que no concreta, que no transforma lo inmediato, que no se mide con la historia, se convierte en meros gestos vacíos.
La profecía se expresa a través de palabras y gestos. El gesto profético no entra en cálculos tácticos, rompe esquemas, sorprende la imaginación. No se organiza, nace de un llamamiento profundo y no se alimenta de un vago entusiasmo o imitando otro gesto profético. No tiene que preocuparse de influir en las situaciones porque es el reclamo de un llamamiento interior, de una urgencia que rompe los límites de lo inmediato, que trasciende la lógica del conflicto concreto para situarse en otro nivel. Necesita la acción organizada y quiere concreciones, pero su urgencia no es preocuparse de los efectos inmediatos, sino abrir nuevos caminos. Juzga el realismo político y las estrategias, obliga a repensar en términos nuevos las palabras de siempre. Los resultados, si se producen, vendrán por sí solos porque son imprevisibles. Y a menudo, ya antes de saberse los resultados, los hechos y sus protagonistas son acusados de extravagantes o insensatos.
Una de las características más interesantes de la profecía es que critica el presente y anuncia el futuro en función de la fidelidad al pasado, del retorno a la tradición original. Los profetas criticaban que para obedecer la Ley se olvidaran de Dios. Las herejías medievales se oponían a la Iglesia vinculada al Imperio exigiendo retornar al espíritu de pobreza original. Los que se opusieron a Stalin denunciaban el genocidio en función del sentido original y fraternal del comunismo. En estas circunstancias la ruptura entre institución y profetismo es inevitable porque el profetismo pone sobre la mesa y en primer término la fidelidad. El sistema se defenderá negando las acusaciones del profeta y lo condenará al descrédito, al ostracismo o a la muerte.
El gesto profético se acompaña de sentimientos proféticos, sentimientos fuertes alimentados desde una fuerza espiritual que viene de la pasión por el absoluto, en las antípodas de lo que hoy llamamos pensamiento débil. El pensamiento débil sueña emociones y sentimentalismo. El de pensamiento débil "siente" horror, miedo o compasión, pero no va hacia el compromiso. Buena parte de la técnica informativa de la TV lleva al pensamiento débil: las imágenes escalofriantes provocan emociones cada vez más fuertes e insoportables sin impulsar al compromiso. El sentimiento profético pretende sustituir la resignación por lucha, mira hacia el futuro, deja a un lado las pequeñas exigencias personales de comodidad, riqueza o seguridad y se mide a sí mismo con las grandes cuestiones de justicia o del derecho del otro. No cuenta ya mi vida o mi muerte, no cuento yo, no cuenta mi fortuna o mi desgracia, no cuenta mi miedo, sino que cuenta la injusticia que se hace al otro y mi solidaridad fraterna con él.
Sin sentimiento profético la gestión política es sólo una suma de intereses corporativos. Por eso la acción política, si quiere ser eficaz, debe tener valores y mística y exigencia con los que se comprometan. El político revolucionario debe gestionar bien y para el bien de todos la parte de sistema que el sistema le haya confiado, pero tiene que dar también inequívocas señales de estar contra el sistema que está gestionando. Intentar cambiar el sistema para favorecer a las mayorías pobres, y esto implicará necesariamente sacrificio y riesgo.
Conclusión. Los incansables
A pesar de la aparente atonía en el mundo actual, sigue viva la veta utópica escondida de la historia de la que surgen continuamente nuevos movimientos, colectivos que responden a los nuevos problemas de manera alternativa y en todas sus variantes, superando antiguas divisiones ideológicas o confesionales: pacifismo, antiglobalización, solidaridad internacional, feminismo, ecologismo, indigenismo, acogida al inmigrante, contra la droga, movimiento okupa, comunidades de base, colectivos de dialogo interreligioso etc, que proclaman con sus vida que otro mundo no sólo es posible sino que existe. Ellos son en parte nuestros profetas de hoy.
No hay nada tan reaccionario como creer que “no hay nada a hacer”. La realidad no se agota en aquello que vemos, actúa más allá de los sueños que soñamos despiertos, son los sueños que penetran la vida aunque no los veamos. Lo querido utópicamente dirige todos los movimientos de la libertad. Por otra parte lo nuevo no es nunca del todo nuevo. Siempre hubo alguien que lo había intentado antes en la misma dirección.
Finalmente, sabemos que siempre permaneceremos en el exilio porque la realidad conquistada nunca se conformará a nuestros deseos. Estemos donde estemos, estaremos siempre en el destierro, en Egipto. Siempre habrá un lugar mejor que el presente, una tierra prometida mejor para la que trabajar y esperar con esperanza activa, espacios donde crear y recuperar la fraternidad.
Comentarios
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